Anoche me adentré de nuevo en el cementerio para escuchar la voz de los muertos, pero nada más que un angustioso silencio fue lo que percibí.
Permanecí toda la noche sentado sobre las tumbas, escrutando la oscuridad que me rodeaba con la esperanza de ver junto a los cipreses las almas de los difuntos, pero nada más que la soledad se presentó ante mí.
Esperaba que los muertos se levantaran, tal y como he visto en las películas pero ningún rostro cadavérico, ninguna mano huesuda surgió de las profundidades de la tierra. Nada extraordinario encontré en el camposanto, ningún alma vagando en pena, ningún muerto viviente caminando torpemente junto a mí. Nada misterioso, nada sobrenatural.
No escuché gritos ni lejanos lamentos, no me rodearon presencias fantasmales ni oí susurros escalofriantes, solamente sombras que no se movían, la negrura de la oscuridad, la soledad del cementerio, el frío de la noche y el llanto de mi corazón.
Me encontraba sólo en aquel paraje, esperando los mensajes del Más Allá y solo escuché la respiración de mi alma. Permití que mis ojos dejaran escapar pequeñas lágrimas que delataban la tristeza que en aquellos momentos me embargaba. Y entonces, casi al amanecer, decidí regresar a mi tumba. Es cierto. La muerte es el descanso eterno, la paz. Lo sé bien.
Llevo en la oscuridad cerca de diez años, diez largos años buscando a otros como yo pero nunca, jamás, he podido localizar a nadie. He caminado por las calles, he visitado los lugares que en vida eran mundanos para mí pero nadie en las casas, nadie en los bares, nadie con quien cruzar unas palabras. Sólo yo en el mundo, un mundo demasiado grande para mí.
Este cementerio es ahora mi lúgubre hogar. No hay gritos ni sonidos, sólo yo sentando algunas noches sobre las tumbas esperando ver u oír algo…, pero nada a mi alrededor, absolutamente nada. Estoy cansado, harto de seguir así y decido tumbarme en mi ataúd, esperando que mis ojos se cierren definitivamente. Pero no lo hacen y la angustia comienza a corromperme por dentro. Estoy vacío de ilusiones, no tengo ni la más mínima sensación, solamente la tristeza que hierve la sangre en mi interior. Vivir en esta muerte es tan dramático que solamente deseo volver a vivir.
Nada puedo hacer. Nada hay que hacer pues el destino de los hombres es yacer en descanso para toda la eternidad, del mismo modo que yo lo estoy haciendo.
No es fácil pero tenemos todo el tiempo del mundo para amoldarnos a esta nueva vida que se oculta más allá de la muerte.
Algún día, sin duda, te tocará a ti y quizás alguien también podrá leer lo que escribas una de las noches en que decidas sentarte entre las tumbas del cementerio esperando la nada.
Permanecí toda la noche sentado sobre las tumbas, escrutando la oscuridad que me rodeaba con la esperanza de ver junto a los cipreses las almas de los difuntos, pero nada más que la soledad se presentó ante mí.
Esperaba que los muertos se levantaran, tal y como he visto en las películas pero ningún rostro cadavérico, ninguna mano huesuda surgió de las profundidades de la tierra. Nada extraordinario encontré en el camposanto, ningún alma vagando en pena, ningún muerto viviente caminando torpemente junto a mí. Nada misterioso, nada sobrenatural.
No escuché gritos ni lejanos lamentos, no me rodearon presencias fantasmales ni oí susurros escalofriantes, solamente sombras que no se movían, la negrura de la oscuridad, la soledad del cementerio, el frío de la noche y el llanto de mi corazón.
Me encontraba sólo en aquel paraje, esperando los mensajes del Más Allá y solo escuché la respiración de mi alma. Permití que mis ojos dejaran escapar pequeñas lágrimas que delataban la tristeza que en aquellos momentos me embargaba. Y entonces, casi al amanecer, decidí regresar a mi tumba. Es cierto. La muerte es el descanso eterno, la paz. Lo sé bien.
Llevo en la oscuridad cerca de diez años, diez largos años buscando a otros como yo pero nunca, jamás, he podido localizar a nadie. He caminado por las calles, he visitado los lugares que en vida eran mundanos para mí pero nadie en las casas, nadie en los bares, nadie con quien cruzar unas palabras. Sólo yo en el mundo, un mundo demasiado grande para mí.
Este cementerio es ahora mi lúgubre hogar. No hay gritos ni sonidos, sólo yo sentando algunas noches sobre las tumbas esperando ver u oír algo…, pero nada a mi alrededor, absolutamente nada. Estoy cansado, harto de seguir así y decido tumbarme en mi ataúd, esperando que mis ojos se cierren definitivamente. Pero no lo hacen y la angustia comienza a corromperme por dentro. Estoy vacío de ilusiones, no tengo ni la más mínima sensación, solamente la tristeza que hierve la sangre en mi interior. Vivir en esta muerte es tan dramático que solamente deseo volver a vivir.
Nada puedo hacer. Nada hay que hacer pues el destino de los hombres es yacer en descanso para toda la eternidad, del mismo modo que yo lo estoy haciendo.
No es fácil pero tenemos todo el tiempo del mundo para amoldarnos a esta nueva vida que se oculta más allá de la muerte.
Algún día, sin duda, te tocará a ti y quizás alguien también podrá leer lo que escribas una de las noches en que decidas sentarte entre las tumbas del cementerio esperando la nada.
04:53:41 . 03 Jun 2008

Sindicación
09/08/2008 @ 18:59:45
por Hentu
Gracias por la invitación, no sabía ...
07/08/2008 @ 19:37:09
por Xana
Aunque admito que me ha sorprendido ...
07/08/2008 @ 19:35:23
por Vaiven
Hola, ¿Vas a acabar la historia ...
06/08/2008 @ 21:17:56
por Paquito
Una pregunta, ¿Todos los relatos son ...
04/08/2008 @ 19:21:01
por Rufino